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domingo, 16 de noviembre de 2014

Las formas y los contenidos.

Que diríamos de alguien que al contemplar la catedral de Notre Dame en París o La Sagrada Familia en Barcelona nos hablara de los materiales, el diseño, la complejidad de su estructura y todos esos aspectos realmente importantes para valorar la obra pero se olvidara del más importante: la belleza soberbia de su conjunto que no tiene del todo que ver con lo anterior. Ese ''algo'' que sobresale de la obra y que es lo que realmente nos deja a todos boquiabiertos cuando las vemos. Lo que llamaba Kant ''lo sublime'' que también pudiera ser un paisaje, una montaña, un atardecer... De la misma forma hay obras realmente sencillas de materiales, diseños y complejidad de estructura que pueden despertar emociones 'sublimes' en el espectador. Al contrario de los románticos no creo que ese aspecto 'sublime' tenga que ver con algo mágico (espiritual) e intrínseco, pero es un hecho que el conjunto no es sólo sus partes y la complejidad de sus partes, y que esto parece estar cada vez más olvidado, sobre todo por algunos que aún creen que la sociedad no es más que la suma de sus partes. O que ven la Naranja Mecánica de Kubrick y sólo aprecian su estética violenta ciertamente muy lograda pero no su contenido crítico que es lo más importante. Y algunos ya rayando el patetismo, como ocurrió cuando la estrenaron y por ello la retiró Kubrick del cine, imita al grupito detestable de adolescentes. O que ven el Padrino de Coppola (o más bien los padrinos poque es una trilogía) y al contrario de lo que se expone con claridad en las pelis, que no es más que la miserable que es la vida de mafioso, intentan copiarla y todo.
En la llamada por la escuela de Frankfurt y no sólo por ellos, ''industria cultural'' se hace necesario que las formas prevalezcan sobre los contenidos; el eterno consumo lo reclama, la eterna novedad de la marca, en suma la industria. La producción desde esta forma se equipara con riqueza, riqueza con aglomeración y acumulación, y por último con basura. Una ingente cantidad de basura. Vivimos en la era de la basura. Incluso personas ''basura'' como pudimos contemplar recientemente en Maspalomas (Gran Canaria) con los inmigrantes recogidos en un camión de la basura. Los materiales tampoco se valoran en sí mismos, se valoran tanto en cuanto se transforman (formas nuevamente), siempre por un tiempo limitado, caduco, para volverse basura y terminar donde salieron, normalmente de África donde se encuentran las más importantes minas de materiales tecnológicos del mundo controladas en su mayoría de un tiempo para acá por chinos y a la vez su basurero. Todo lo demás parecen daños colaterales que nada tiene que ver unos con otros. Pocos relacionan, o quieren relacionar, su último juguetito tecnológico con las guerras africanas interminables y sangrientas y con la lógica migración en masa que produce por ese mismo motivo. Los africanos también quieren su juguetito porque al fin y al cabo los materiales para producirlos vienen de sus países, a veces incluso se fabrican en sus países con sueldos de esclavo, y terminan contaminando sus ríos y lagos ya por otros motivos muy contaminados.
¿Esa obsesión cada vez mayor de las formas sobre los contenidos es el resultado, como afirma Lipovetsky, de lo que llama 'hipermodernidad'? O sea, la consecuencia extrema de la idea moderna de la necesaria transformación veloz de todo casi como una obligación y a la vez de destrucción de lo anterior. No necesariamente, porque la obsesión con la transformación de todo y la idea de 'progreso' entendida desde ese prisma se aplica sobre todo a lo consumible pues hay otras cosas que parecen nunca cambiar, o bien se teme que cambien. Además lo consumible también tiene categorías que se llaman''calidad''; la calidad es valorada tanto en cuanto supone duración, la necesidad de duración ha pervivido también como necesidad. En épocas de crisis de valores y de todo lo demás las obras de arte se convierten en una de las mejores y mayores inversiones junto con los metales preciosos y eso es un síntoma de todo ello. Se siguen necesitando ''contenidos'' supuestamente eternos. Aún así la ideología dominante que en su mayor eficacia no se transmite de manera consciente sino inconsciente, nos hace obsesionarnos con las formas y olvidar los contenidos hasta llegado un extremo de vacío existencial como consecuencia lógica de todo ello, nos lleve irremediablemente a todo lo contrario, en una dialéctica ya conocida de ''libertino convertido en santo''. Por eso el hipermodenismo como lo llama Lipovetsky, o el mundo líquido como lo llama Bauman, es pasto de fanáticos que obsesionados con las formas sobre los contenidos, pasan sin ningún problema a obsesionarse con los contenidos casi siempre únicos e irrebatibles sobre las formas a veces incluso formas morales. A cortar cabezas o explotar bombas en nombre de sus ''contenidos fundamentales''. Al fin y al cabo el ''pop'' (también burbuja en inglés) es eso, y dura eso. Y no es extraño que el terrorífico autoproclamado ''Estado islámico'' esté lleno de occidentales. La frivolidad no dura un asalto, y las modas como lo que son tampoco. Las barbas de los hipster pueden convertirse en otras barbas como la del fulano inglés decapitador que por lo visto pertenece a un grupo que sus compis fanáticos del estado islámico llaman ''los Beatles'' porque son ingleses. Mucha supuesta variabilidad y relativismo en la superficie pero remueves un poco el agua estancada postmoderna y no se dejan ver sino cocodrilos.