La prepotencia es una
defensa, o diría mejor, una aparente defensa ante lo externo. Una coraza
inútil que termina por adherirse al cuerpo de tal forma que llega un
momento de no saberse distinguir la coraza del verdadero rostro, del
verdadero cuerpo. Esa coraza inmensa ha pasado a convertirse en
personalidad. ”Persona" significa máscara en latín, pero esa
personalidad es más que una máscara, por eso la llamo coraza. Es una
cárcel autoimpuesta y por eso la peor de las cárceles, pues se han
comido la llave pero ni siquiera se ha digerido bien. Se encuentra en el
estómago y las tripas produciendo úlceras sangrantes.
El sobrado,
es decir el propotente o la prepotente porque no conoce de géneros ni
dudas, o dice no conocerlos más bien, no es capaz de mirar a los otros
sin temerlos, ni siquiera a sí mismo, sin construir una fortaleza de
cartón piedra. No es capaz de admitir su desnuda e imprescindible
miseria.
Cuando puede sentir se re-siente. Cuando puede amar se distancia. Se clava solitario sobre su promontorio de excrementos personales,
y allí se va hundiendo hasta que le llegan al cuello, y es entonces,
sólo entonces, cuando pide auxilio. Pero tal vez ya es demasiado tarde.
Se cuenta que cierta persona angustiada por la situación de la humanidad le preguntó a un sabio rabino:
-Rabí Mordehai, ¿sabe usted cuál es la causa de que la humanidad vaya tal mal?
El rabino le observó tras sus lentes con esa mirada típica que da la experiencia y la sabiduría y le dijo:
”El problema es que todos sabemos lo que no queremos, pero casi nadie sabe lo que realmente quiere”