Siempre paso por un lugar por donde de vez en cuando salto un pequeño muro y robo unas cuantas sabrosísimas naranjas de un huerto de fácil acceso.
El otro día descubrí que conocía al que cuidaba el huerto porque se me acercó, por suerte cuando aún no había entrado, y hablamos. Fue una situación un tanto surrealista ya que exageraba cuando decía que le habían robado 25 kilos de naranjas cuando aquellos naranjos no llegaban ni a los 3 kilos. La conversación se hizo cada vez más absurda sobre todo cuando intentaba convencerlo de que quizás debería vallar la huerta o tener perros por la zona cuando me decía alterado que iba a utilizar, según el, una escopeta contra los ladrones que creía eran varios.
Es muy difícil poder lograr
charlar
en algún momento de tu vida con aquel que consideras amenaza sin que lo sepa, y verlo todo desde su perspectiva. Aunque aquel encuentro fue casual, me hizo sentirme un poco culpable, a pesar de que la huerta estaba bastante abandonada por mucho que dijera su cuidador. Hasta tal punto, que no volví a robarle las sabrosas naranjas que aún quedan desde hace mucho tiempo sin recoger, y eso que no creo que ponga perros y que tenga una escopeta...
A veces la empatía no es buscada sino encontrada.
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domingo, 21 de abril de 2013
jueves, 18 de abril de 2013
Es que la verdad no es justa ni hermosa.
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Todos,
absolutamente todos, sabemos perfectamente que vamos a morir a no ser
que se esté enajenado o se tenga alguna tara mental. Esa conciencia
de mortalidad nos persigue desde la primera vez que la tenemos. Como
un viejo dicho indio dice, es como una sombra que aunque esté más o
menos difuminada siempre esta ahí. Está ahí, pendiente de
nosotros, y en cualquier momento nos salta encima, pero es mejor no
saber cuándo.
Hay quien cree que se puede ocultar esa sombra tapando la luz del sol con una mano de cirugía, con una sombrilla de olvido, con un techo de supuestas seguridades, o con cualquier cosa más o menos importante que nos despiste de esa terrible y absoluta verdad. Pero todo es en vano.
Como es bien sabido los niños no pueden aceptar ese descubrimiento del todo. Consideran imposible la desaparición de alguien mientras su cuerpo sigue presente. Según Freud Dios es un intento conceptual de imitar ese comportamiento infantil que no entiende la no permanencia. Y con Dios, la religión. La religión, que etimológicamente significa vínculo, intenta dar un sentido reforzado por el ritual al misterio de esa no permanencia. Ritual personal o colectivo, que en casos extremos como el de algunas religiones lleva al éxtasis, o sea, a un estado catártico de trascendencia más allá de tu cuerpo; o bien, una sensación de que se está produciendo esa trascendencia también para el observador. Sea lo que fuere, es difícil entender, y más aceptar, que venimos de una nada y vamos hacia otra, y convertirnos en unos ''extranjeros'' como el de la novela del mismo nombre de Camus. Que la vida que percibimos como algo personal no es más que un proceso muy breve de decadencia, de limitación sin sentido, que no para mucha gente es soportable y gratificante, y para los que lo es sólo en muy pocos momentos. No hay más que recordar aquel famoso monólogo de Shakespeare en el que Hamlet se lamenta de todos los malestares de esta vida que serían fáciles de evitar con un simple suicidio si ello no conllevara la posible desaparición absoluta de tu persona, o por lo menos si el misterio que trae consigo la muerte no fuera tal: Entre la muerte y lo que no sabemos que vendrá después, y lo que sabemos que puede venir en esta vida que pudiera ser aún más terrible, casi todos elegimos lo segundo. Casi todos....
Sin embargo, algún momento muy brillante aparece de repente y nos devuelve las ganas de vivir, el deseo de vivir, o por lo menos lo atisbamos detrás de una rendija. Quizá son esos momentos, o la esperanza de que lleguen esos momentos lo único que nos da sentido. No es la felicidad lo que da el sentido como piensa mucha gente, es el sentido lo que da la felicidad, que no la euforia que se confunde pero nada tiene que ver.
La cronología nos hace creer que el tiempo no es más que un espacio sin ninguna posibilidad que no sea simbólica, de ser contado. La cronología intenta unificar todos los tiempos posibles cuando cada uno de los tiempos son heterogéneos: el tiempo personal, el tiempo social, el tiempo de una ciudad, el tiempo un pueblo... son todas percepciones a veces muy personales que no se pueden homogeneizar...
Somos seres simbólicos, significativos, pero más bien insignificantes. Algo tan terrible de aceptar como la misma muerte: Nuestra insignificancia siendo a la vez seres tan sedientos de significados. Vemos una cosa, y queremos ver o entender otra. Y no necesariamente esa cosa tiene que guardar algún tipo de relación directa con su interpretación. No tiene siquiera que guardar algún parecido con esa interpretación, con ese significado. Una de las pocas definiciones que podríamos dar al ser humano es el de simbólico o significativo, pues otras definiciones siempre pueden caer en el terreno de la ambigüedad, ya que pueden ser aplicadas a otros seres vivos, o a otros animales. Hasta incluso la comunicación o cierto grado de racionalidad, si entendemos por racionalidad lo que entendían los romanos, o sea, la capacidad de cálculo, o la capacidad de satisfacer determinadas exigencias relacionadas con el entorno y la supervivencia. La muerte en cambio es aquello que carece absolutamente de significado, un absurdo permanente que sin embargo es la manifestación más clara de permanencia porque es lo único seguro. Una paradoja insalvable. Como decía el gran Píndaro: ''¿Qué somos? ¿Qué no somos? Somos el sueño de una sombra..''. Tal vez no más, añadiría.
Hay quien cree que se puede ocultar esa sombra tapando la luz del sol con una mano de cirugía, con una sombrilla de olvido, con un techo de supuestas seguridades, o con cualquier cosa más o menos importante que nos despiste de esa terrible y absoluta verdad. Pero todo es en vano.
Como es bien sabido los niños no pueden aceptar ese descubrimiento del todo. Consideran imposible la desaparición de alguien mientras su cuerpo sigue presente. Según Freud Dios es un intento conceptual de imitar ese comportamiento infantil que no entiende la no permanencia. Y con Dios, la religión. La religión, que etimológicamente significa vínculo, intenta dar un sentido reforzado por el ritual al misterio de esa no permanencia. Ritual personal o colectivo, que en casos extremos como el de algunas religiones lleva al éxtasis, o sea, a un estado catártico de trascendencia más allá de tu cuerpo; o bien, una sensación de que se está produciendo esa trascendencia también para el observador. Sea lo que fuere, es difícil entender, y más aceptar, que venimos de una nada y vamos hacia otra, y convertirnos en unos ''extranjeros'' como el de la novela del mismo nombre de Camus. Que la vida que percibimos como algo personal no es más que un proceso muy breve de decadencia, de limitación sin sentido, que no para mucha gente es soportable y gratificante, y para los que lo es sólo en muy pocos momentos. No hay más que recordar aquel famoso monólogo de Shakespeare en el que Hamlet se lamenta de todos los malestares de esta vida que serían fáciles de evitar con un simple suicidio si ello no conllevara la posible desaparición absoluta de tu persona, o por lo menos si el misterio que trae consigo la muerte no fuera tal: Entre la muerte y lo que no sabemos que vendrá después, y lo que sabemos que puede venir en esta vida que pudiera ser aún más terrible, casi todos elegimos lo segundo. Casi todos....
Sin embargo, algún momento muy brillante aparece de repente y nos devuelve las ganas de vivir, el deseo de vivir, o por lo menos lo atisbamos detrás de una rendija. Quizá son esos momentos, o la esperanza de que lleguen esos momentos lo único que nos da sentido. No es la felicidad lo que da el sentido como piensa mucha gente, es el sentido lo que da la felicidad, que no la euforia que se confunde pero nada tiene que ver.
La cronología nos hace creer que el tiempo no es más que un espacio sin ninguna posibilidad que no sea simbólica, de ser contado. La cronología intenta unificar todos los tiempos posibles cuando cada uno de los tiempos son heterogéneos: el tiempo personal, el tiempo social, el tiempo de una ciudad, el tiempo un pueblo... son todas percepciones a veces muy personales que no se pueden homogeneizar...
Somos seres simbólicos, significativos, pero más bien insignificantes. Algo tan terrible de aceptar como la misma muerte: Nuestra insignificancia siendo a la vez seres tan sedientos de significados. Vemos una cosa, y queremos ver o entender otra. Y no necesariamente esa cosa tiene que guardar algún tipo de relación directa con su interpretación. No tiene siquiera que guardar algún parecido con esa interpretación, con ese significado. Una de las pocas definiciones que podríamos dar al ser humano es el de simbólico o significativo, pues otras definiciones siempre pueden caer en el terreno de la ambigüedad, ya que pueden ser aplicadas a otros seres vivos, o a otros animales. Hasta incluso la comunicación o cierto grado de racionalidad, si entendemos por racionalidad lo que entendían los romanos, o sea, la capacidad de cálculo, o la capacidad de satisfacer determinadas exigencias relacionadas con el entorno y la supervivencia. La muerte en cambio es aquello que carece absolutamente de significado, un absurdo permanente que sin embargo es la manifestación más clara de permanencia porque es lo único seguro. Una paradoja insalvable. Como decía el gran Píndaro: ''¿Qué somos? ¿Qué no somos? Somos el sueño de una sombra..''. Tal vez no más, añadiría.
lunes, 15 de abril de 2013
Imago mundi.
Imagen en una pared, tras la puerta, en una pantalla. Siempre imagen. Es como un sol que de tanto brillar ya no deja ver nada. Unos pitidos en diferentes tonos, a veces agudos, a veces graves, a veces indefinibles.
La imagen que siempre oculta algo. Atrayente, repulsiva, distante, cercana pero como un humo que nunca puedes tocar de veras, y que cuando estás en una habitación demasiado cargada te asfixias. Ciertas imagenes son tan cancerígenas como ciertos humos. Se te meten dentro sin que te enteres, te hacen daño en el cerebro a través de todos los conductos.
Intento ver que puede haber detrás de tanta imagen pero pocas veces lo consigo. Se ha vuelto complicado, extremadamente complicado. Ya no hay espacios del todo sin humos y sin imágenes. Aún así a veces, muy pocas veces, logró ver algo más detrás de ellas y recupero la ceguera.
La imagen que siempre oculta algo. Atrayente, repulsiva, distante, cercana pero como un humo que nunca puedes tocar de veras, y que cuando estás en una habitación demasiado cargada te asfixias. Ciertas imagenes son tan cancerígenas como ciertos humos. Se te meten dentro sin que te enteres, te hacen daño en el cerebro a través de todos los conductos.
Intento ver que puede haber detrás de tanta imagen pero pocas veces lo consigo. Se ha vuelto complicado, extremadamente complicado. Ya no hay espacios del todo sin humos y sin imágenes. Aún así a veces, muy pocas veces, logró ver algo más detrás de ellas y recupero la ceguera.
viernes, 12 de abril de 2013
Bugs Bunny mi héroe infantil.
Recuerdo pocos momentos de
mi vida en los que no tuviese que aguantar a algún grupo de matones,
a un desgraciado envidioso y/o rencoroso, o algún tipo o tipos que
en algún momento te gustaría siempre poder evitar. Esos que te
amargan o te arruinan el presente continuo continuamente, y que si te
ven huyendo de él o ellos lo entienden como debilidad. Me he visto
obligado a entender su psicología pero no porque me atraiga lo más
mínimo sino por cuestiones de supervivencia. Un comportamiento
muchas veces de manada más biológico, y por ello animal, que
racional. Esa gente funciona siempre como un animal en caza que marca
territorio y que le molesta que no les agaches la cabeza y te les
enfrentes. No hay cosa que más les moleste porque su disfrute
consiste básicamente en sentir su poder, el miedo de otro, su
sumisión. No consienten siquiera un pequeño gesto que consideren de
desafío. Hacía tiempo que no sentía de nuevo esa molesta sensación
de un prepotente que se te enfrenta, además de la clase más
sociable, el de ''chulo de grupo''; solos normalmente son unos
cagados de lo peor. Resultó porque de vez en cuando visitaba a un
amigo que trabaja en una tienda 24 horas, una muy buena persona incapaz de
hacer daño a nadie, y como el grupito del prepotente adolescente
descubrió su debilidad le robaban en sus narices. Cuando me vieron
la primera vez charlando con mi amigo, el ''jefe'' de la manada casi
me olisqueó como un perro para comprobar si la debilidad de mi amigo
era compartida. La sensación fue tan desagradable que no dudé
hacerle frente y mandarlo a cagar. Al poco tiempo mi amigo perdió el trabajo gracias a
ellos, y ahora me los veo de vez en cuando en actitud amenazante.
La última vez ayer. Pasé a su lado haciendo lo peor: mostrarles
temor en la cara. Mientras me iba alejando los insultos eran cada vez
mayores. Pensé en retroceder, ir directamente al jefe de la manada,
un adolescente cojo y bastante feo, y darle una patada en...
Probablemente es lo único que entienden, y por mi experiencia
lamentable al respecto que por desgracia es mucha, la única manera
de que te dejen en paz y te cojan respeto. Pero no lo hice por
diferentes razones: la primera es que odio la violencia, y la
segunda, y fundamental, que nunca le he pegado a nadie y no sabría
cómo hacerlo. Seguramente si lo intentara me saldría fatal y
tendría hasta peores resultados ¿Qué debiera hacer entonces?
Meterme en una academia de artes marciales, o intentar evitarlos. Lo
segundo es complicado porque mis espacios transitados son muy
pequeños, camino mucho y me gusta, y no quiero limitarlos más aún.
Y lo primero no sé, me interesan más otras cosas y no me sobra el
dinero. Así que tendré que seguir soportando los insultos de esos
cretinos hasta que desaparezcan. No obstante tampoco es que me
atemoricen demasiado siempre y cuando no pasen de las palabras.
Después se preguntan porque a algunos de pequeños nos
gustaban tanto los dibujos animados de Bugs Bunny. Simplemente nos identificábamos con él y disfrutábamos viendo como le tomaba el
pelo al cazador.
martes, 2 de abril de 2013
La imagen no es la Pipa.
Ayer un señor algo mayor y con muletas intentó mirar a los ojos de un grupo de esperadores entre los que me encontraba en una parada de buses intentando buscar complicidad. Cuando creyó encontrar a alguien que parecía devolverle la mirada le recordó el santo del día: ''San Pío el santo de la barriada'', dijo como intentando ser gracioso. Pero no encontró ni siquiera rechazo por el comentario, más bien indiferencia. ''Eso será'' respondió un desganado que mandaba mensajes por un móvil. Al poco rato lo abordó una señora que pudiera ser su hija, lo cogió del brazo, y se lo llevó un poco enfadada. Parece ser que el señor la estaba dejando mal. Intentó comunicarse con desconocidos... Oh qué horror!!! La normalidad parece que dicta que te comuniques con desconocidos pero a través de maquinitas; que incluso hables ''solo'' a maquinitas a las que siempre les falta la batería, a las que siempre les falta algo. La normalidad, como casi siempre, se ha vuelto idiota. La imagen es ya alucinación sobrevalorada. Nos educan para estar pendientes de esas especies de alucinaciones colectivas medio publicidad, medio cine, o sea, medio nada, medio estupidez. Pendientes de imágenes en pantallas cuanto más grandes mejor. Así la alucinación es mucho mayor también. Simplemente no vemos, o no queremos ver, lo que pasa alrededor. Y si lo vemos no le damos importancia.
Recuerdo que hace un tiempo fui con una amiga a una fiesta de una playa. Ella simplemente se fue con otro. Aquello como es lógico no sólo no me agradó y me fastidió la fiesta, sino que me llevó a una esquina donde no paraba de llorar. Otra chica se fijó en aquello y me intentaba consolar. Pero no podía prestarle atención, sólo pensaba en lo otro. No se lo supe agradecer. Seguramente tenía un corazón de oro y sólo por eso sería más interesante que mi otra amiga, no obstante yo estaba ''en lo otro''.
El problema de no estar pendiente del aquí y el ahora es que igual te olvidas de lo más importante. Todas esas maquinitas son tecnologías para despistarte de ello con demasiada facilidad.
El problema de no estar pendiente del aquí y el ahora es que igual te olvidas de lo más importante. Todas esas maquinitas son tecnologías para despistarte de ello con demasiada facilidad.
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