Hay quien cree que se puede ocultar esa sombra tapando la luz del sol con una mano de cirugía, con una sombrilla de olvido, con un techo de supuestas seguridades, o con cualquier cosa más o menos importante que nos despiste de esa terrible y absoluta verdad. Pero todo es en vano.
Como es bien sabido los niños no pueden aceptar ese descubrimiento del todo. Consideran imposible la desaparición de alguien mientras su cuerpo sigue presente. Según Freud Dios es un intento conceptual de imitar ese comportamiento infantil que no entiende la no permanencia. Y con Dios, la religión. La religión, que etimológicamente significa vínculo, intenta dar un sentido reforzado por el ritual al misterio de esa no permanencia. Ritual personal o colectivo, que en casos extremos como el de algunas religiones lleva al éxtasis, o sea, a un estado catártico de trascendencia más allá de tu cuerpo; o bien, una sensación de que se está produciendo esa trascendencia también para el observador. Sea lo que fuere, es difícil entender, y más aceptar, que venimos de una nada y vamos hacia otra, y convertirnos en unos ''extranjeros'' como el de la novela del mismo nombre de Camus. Que la vida que percibimos como algo personal no es más que un proceso muy breve de decadencia, de limitación sin sentido, que no para mucha gente es soportable y gratificante, y para los que lo es sólo en muy pocos momentos. No hay más que recordar aquel famoso monólogo de Shakespeare en el que Hamlet se lamenta de todos los malestares de esta vida que serían fáciles de evitar con un simple suicidio si ello no conllevara la posible desaparición absoluta de tu persona, o por lo menos si el misterio que trae consigo la muerte no fuera tal: Entre la muerte y lo que no sabemos que vendrá después, y lo que sabemos que puede venir en esta vida que pudiera ser aún más terrible, casi todos elegimos lo segundo. Casi todos....
Sin embargo, algún momento muy brillante aparece de repente y nos devuelve las ganas de vivir, el deseo de vivir, o por lo menos lo atisbamos detrás de una rendija. Quizá son esos momentos, o la esperanza de que lleguen esos momentos lo único que nos da sentido. No es la felicidad lo que da el sentido como piensa mucha gente, es el sentido lo que da la felicidad, que no la euforia que se confunde pero nada tiene que ver.
La cronología nos hace creer que el tiempo no es más que un espacio sin ninguna posibilidad que no sea simbólica, de ser contado. La cronología intenta unificar todos los tiempos posibles cuando cada uno de los tiempos son heterogéneos: el tiempo personal, el tiempo social, el tiempo de una ciudad, el tiempo un pueblo... son todas percepciones a veces muy personales que no se pueden homogeneizar...
Somos seres simbólicos, significativos, pero más bien insignificantes. Algo tan terrible de aceptar como la misma muerte: Nuestra insignificancia siendo a la vez seres tan sedientos de significados. Vemos una cosa, y queremos ver o entender otra. Y no necesariamente esa cosa tiene que guardar algún tipo de relación directa con su interpretación. No tiene siquiera que guardar algún parecido con esa interpretación, con ese significado. Una de las pocas definiciones que podríamos dar al ser humano es el de simbólico o significativo, pues otras definiciones siempre pueden caer en el terreno de la ambigüedad, ya que pueden ser aplicadas a otros seres vivos, o a otros animales. Hasta incluso la comunicación o cierto grado de racionalidad, si entendemos por racionalidad lo que entendían los romanos, o sea, la capacidad de cálculo, o la capacidad de satisfacer determinadas exigencias relacionadas con el entorno y la supervivencia. La muerte en cambio es aquello que carece absolutamente de significado, un absurdo permanente que sin embargo es la manifestación más clara de permanencia porque es lo único seguro. Una paradoja insalvable. Como decía el gran Píndaro: ''¿Qué somos? ¿Qué no somos? Somos el sueño de una sombra..''. Tal vez no más, añadiría.
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